Elisa Carrió, de una internación secreta a las fantasías de su propia muerte

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Hace dos semanas pasó la noche en el Hospital Austral. Está estresada y sufre diabetes. Comenzó a hacer caminatas y coquetea con discursos de despedida.

Elisa Carrió lleva la palma de la mano al pecho.

 

“Estoy algo mareada, necesito aire”, dice y así lo certifica su pálido semblante.

 

El pabellón 6 de Costa Salguero desborda de invitados y la anfitriona de la fiesta necesita hacer una pausa.

 

Detrás del escenario, en un improvisado camarín, Lilita encuentra un remanso.

 

Cualquier médico reconocería en ese gesto a una paciente aplicada, a alguien que entiende la necesidad de desconectarse para combatir el estrés.

 

Sin embargo, la escapada viene con un cigarrillo en la mano, algo que tiene prohibidísimo desde que se sometió a una angioplastía.

 

El año pasado le colocaron dos stents. Se estaba realizando unos estudios en el Hospital Austral cuando le descubrieron una severa lesión en la arteria circunfleja. Decidieron operarla de inmediato.

 

Por ese antecedente coronario, Carrió volvió al mismo hospital el pasado 21 de noviembre. Lo hizo de incógnito, sin que se filtrara a la prensa. Se sometió a varios chequeos y recién le dieron el alta en la tarde del día siguiente.

 

¿Qué pasó? Venía de participar de una entrevista con Nicolás Wiñazki y Luciana Geuna. Había llegado a TN descompensada. Antes de salir al aire tuvo que enchufar el nebulizador que lleva consigo a todos lados.

 

“Me curé, ¿viste?”, llegó a decir para minimizar el problema cuando creyó que se sentía mejor.

 

Pero no estaba bien. Se mostraba errática. Los periodistas le pidieron una reflexión sobre la autopsia del cuerpo de Santiago Maldonado.

 

“Lo mató el gobierno de Cristina Kirchner”, respondió, inclemente.

 

Hubo un momento de zozobra en el estudio. Las caras circunspectas no pudieron disimularse.

 

Ella hablaba de Alberto Nisman. Estaba ensimismada. No había escuchado la referencia al joven muerto en el sur. Y siguió con su cantinela por un rato más. La gaffe se hizo viral en las redes.

 

Hay otras cosas que la líder de la Coalición Cívica no escucha. Por ejemplo, que debe cuidarse de los dulces por su diabetes galopante. La reprenden sus custodios, a quienes invita a compartir comidas, del mismo modo que ya lo hacía con el personal doméstico.

 

Los guardaespaldas también son los que le llevan botellitas de agua a todos lados. Ya no como parte de la dieta sino porque teme ser envenenada. “Tuve tres veces baja de potasio a 1,5. Eso significa un infarto”, plantó la semilla de la sospecha en el programa de Alejandro Fantino.

 

Es conspirativa. Los peligros los ve a su alrededor pero nunca en su propia conducta. No admite que los Marlboro la pueden. Son su talón de Aquiles. Se enoja si se lo advierten.

 

El poder le pesa. Y ahora que se sienta a decidir con Mauricio Macri el futuro de los argentinos encuentra en el cigarrillo su válvula de escape.

 

Reconoce, igualmente, que esa trasgresión tiene sus consecuencias. “Yo sé del esfuerzo que estamos haciendo todos, y vaya esfuerzo. Cuando veo la historia clínica digo ‘este es el precio’. Pero ahí me están reorganizando los órganos”, se mofó de sí misma durante la cena de recaudación de fondos del Instituto Hannah Arendt.

 

Fue una noche a puro glamour, donde bailó, cantó y, sobre todo, coqueteó con su propia finitud. “Capaz que me muero este año, pero el velorio va a ser un éxito”, tiró como al pasar, advirtiendo que su testamento traerá sorpresas.

 

Hubo incesantes y llamativas alusiones a su partida. Llegó a decir que seguramente si muere joven será nombre de calle. Estaba todo el tiempo como despidiéndose.

 

“Les estoy dejando un partido”, suele coronar los diálogos con su equipo más íntimo. Está claro que le gustaría que el partido sea uno de sus legados.

 

En los últimos tiempos adquirió una personalidad paradojal. Puede mostrarse omnipotente y vulnerable a la vez.

 

En la campaña, en medio de sus recaídas, solía especular con que no llegaría a octubre. Estaba extenuada.

 

Varios testigos la vieron empalidecer y revolear los ojos anticipando un desvanecimiento.

 

“¡¡¡Dame el puff, dame el puff !!!”, gritaba desesperada ante cada recaída, como si el inhalador fuera un salvavidas en medio del naufragio.

 

A los 60 años su cuerpo muestra signos de debilidad. Se siente sobrepasada. Pero no escucha a nadie. Ni siquiera a aquellos que le advierten que se corra de escena, que dosifique su exposición mediática.

 

No le importa mostrarse fuera de eje, y eso quedó demostrado aquella vez que equiparó a Maldonado con Walt Disney, en el programa de Los Leuco.

 

Tampoco le importa romper la prudencia con la que maneja el gobierno el caso del submarino desaparecido, y eso se pudo comprobar en la mesa de Mirtha Legrand, cuando anunció la muerte de los 44 tripulantes sin reparar en la presencia de un familiar de una de las víctimas.

 

No es la primera vez que Lilita choca con las decisiones de la Casa Rosada. Ayer mismo, escudada en sus problemas de salud, pegó el faltazo al brindis que Macri realizó con los legisladores oficialistas.

 

Estaba particularmente enojada con el pacto sellado entre Daniel Angelici y Enrique “Coti” Nosiglia en la UCR porteña.

 

Pocas cosas estresan más a Carrió que ver al mandamás de Boca expandiendo su radio de influencia, sobre todo si lo hace con el aval presidencial.

 

Hace unas semanas, por prescripción médica, la diputada volvió a las caminatas. Va y viene por las sendas de Exaltación de la Cruz, donde está construyendo su casa.

 

“Necesito aire” es su nuevo latiguillo.

 

La gente se le arrima para saludarla o sacarse una selfie. Mucho más ahora que arrasó con el 50,13% de los votos en la ciudad de Buenos Aires.

 

“¡Necesito aire, armen una fila!”, les suplica.

 

Y sus fans se ponen en hilera para no acosarla.

 

Ella los espera sentada, protagonizando un peregrino besamanos.

 

Se olvida así por un rato de sus problemas de salud y de fantasear con su propia muerte.

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